Tener un blog, 6

El número de visitantes de este blog sigue estable, a pesar de todos mis esfuerzos por ofrecer contenidos útiles e información veraz y contrastada. ¡Es el momento de lanzar un nuevo concurso! A los que cliquéis y compartáis mis posts os enviaré personalmente un regalo y os tendré siempre en mi corazoncito. Además, tendréis la posibilidad de optar a uno de los siguientes premios:

El bosque de la noche de Djuna Barnes en versión rap

1000 horas gratuitas de porno gótico plateresco, con increíbles escenas de femdom renacentista

un kit con con las banderas de todas las naciones del mundo, para que podáis sentiros etíopes, japoneses o bielorrusos el tiempo que queráis. ¡Añade un toque chic a tu balcón!

para los más audaces, banderas con las naciones sin Estado y los países sin reconocimiento internacional (¡Tuvá, Jalistán, Saboya, Kurdistán, Chuvasia!)

un taller de capoeira heideggeriana, dirigido por el rector de la Facultad de Filosofía de la Universidad de São Paulo

una colección de minerales y piedras preciosas, firmadas por el propio autor.

Recordad que, como siempre, para poder optar a estos fabulosos premios tenéis que leerme con atención, comentar, compartir mis posts y, por supuesto, ser majísimas personas.

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Calabozo

Pocos de vosotros sabréis que yo también, hace años, fui detenido. No recuerdo si fue por bostezar mientras todos a mi alrededor aplaudían o si fue por alabar a alguien a quien los demás tenían por objeto de burla. No importa ya. Pasé tres días en el calabozo, apenas me dieron de comer y el traje se me arrugó. Se me arrugó por todos lados, fue un atropello imperdonable al buen gusto. Recuerdo volver a casa de noche, hecho un guiñapo. Hacía frío y no quedaba un mísero bar abierto. Las pocas personas que encontré por la calle parecían despiertas solo a medias.

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Leer

Leer una novela, una buena novela, provoca en nuestro interior una mutación extraordinaria. Me acaba de pasar: he desaparecido (literalmente) entre esas voces absorbentes y veraces, he sido arrastrado por conmociones y sacudidas con la naturalidad de quien propiamente no es nadie.
Pues, ¿acaso hay otra manera de explicarlo? Esa voz obstinada, tenaz, que tan bien conozco, esa voz interior que creo que soy yo y que todo lo comenta y lo sopesa, ¿no acaba de revelar su pavorosa falta de sustancia? ¿Acaso existe más ella que las voces de esos personajes que ni siquiera llegaron existir?
He cerrado el libro, todavía asombrado, he regresado de golpe (he notado algo físico: volvía a hablarme a mí mismo, esa maldita e infatigable voz engullía de nuevo mi conciencia) pero ahora me siento confuso, también más ligero. Un poco, sí, como si gracias a una venerable magia (las palabras de otro han sido, durante un tiempo, las mías) hubiera quedado desenfocado, o a la intemperie.

Épica

De los géneros literarios mayores definidos por Aristóteles (Aristóteles, ya lo sabemos, fue un maníaco de la clasificación y la definición), hay uno para que el soy especialmente insensible. La lírica y la dramática pueden llegar a quitarme el sueño, pero la épica solo provoca en mí pereza y desconfianza. En cuanto pasa una mosca me distraigo, así que soy incapaz de mantenerme épico más de un minuto.
Vivimos tiempos líquidos y posmodernos, sin duda, de heroísmos sin lustre, pero aún hay espacio para la épica. Muchos en Catalunya ansían un nuevo Estado y se han lanzado a ello con ilusión, entusiasmo y una buena dosis de ingenuidad. Están hartos de la incomprensión y la ceguera del gobierno, un gobierno que repite por activa y por pasiva que no va ceder un milímetro. La derecha en nuestro país (es una constatación histórica) viene del absolutismo más rancio y carece de tradición liberal y democrática. Se cree impune. Dialoga cuando no tiene más remedio: está acostumbrada a vencer y a humillar.
Vivo en Barcelona. Estos días están siendo aquí muy convulsos (un helicóptero de la policía sobrevuela la ciudad a todas horas: no hacía falta, de veras). Soy por lo general poco sensible a los himnos, las banderas y a todo ese espíritu gregario que mueve a los indepes; de hecho, me erizo ante cualquier forma de autoafirmación (por desgracia, no hay manifestaciones masivas de gente reivindicando la duda y la perplejidad ante el mundo). Los que se sienten españoles han decidido que ya es hora y el domingo salen a desfilar por las calles (¿qué deben sentir unos y otros ante su bandera? No sé. Es una experiencia que me está vedada).
De todo lo que está pasando me agotan sobre todo los marcos mentales estrechos, cerriles, por donde no corre el aire, la incapacidad para los matices y la empatía, el prejuicio y el miedo convertidos en argumentación. He visto a unos pidiendo sin rubor que saquen ya los tanques (los conozco, son buenas personas: la tele les ha enloquecido). He visto a otros que creen que declarar la independencia el lunes sería algo así como la vuelta al Edén, la reparación de todas las injusticias (el hecho de que tras las últimas elecciones no cuenten con una mayoría de votos, y que el referéndum del 1 de Octubre fuera más una performance que otra cosa, no parece importarles). Ya que hay también mucho teatro en todo este asunto (¿o no? Parece que se les ha ido de las manos) echo en falta un poco de lirismo.
No estoy jugando a la equidistancia. Unos controlan todos los resortes del estado y otros no. Unos están pidiendo votar y otros lo impiden con violencia. Unos envían a sus guardias civiles a Sabadell y los otros no pueden enviar los Mossos a Zamora. Unos pueden aplicar el famoso artículo 155 y suspender la autonomía de Catalunya y otros no pueden suspender al gobierno central. Unos controlan tropecientos medios de comunicación y otros tres o cuatro. Unos cuentan con el apoyo de la comunidad internacional y otros, pese a sus esfuerzos, parecen más solos que la una. La batalla es desigual, pero (¿quién no lo ve?) ninguno de los dos bandos está jugando limpio. Solo quería decir esto: asusta un país que no sabe integrar a sus minorías ni dirimir sus conflictos con habilidad e inteligencia. Asusta un país que reacciona como Turquía y no como Canadá. Asusta un país gobernado desde la soberbia, la prepotencia y el desdén. Asusta un país incapaz de regenerarse y que, frente a los desafíos, en vez de dialogar agita todos los fantasmas del pasado y da rienda suelta a la mentira y la ignorancia.

Treinta años

La banda irlandesa U2 está de gira este año por el mundo con motivo de los treinta años de la publicación de The Joshua Tree. ¡Treinta años! Dios mío, empieza a darme vértigo el paso del tiempo (pero, ¿a quién quiero engañar?, este vértigo me acompaña desde siempre). Lo cierto es que apenas recuerdo el disco, ¿llegué a escucharlo entero alguna vez? En 1987 también se publicó This time de Anna Domino, y la efeméride está pasando desapercibida por completo: no se prevé una gira mundial de esta intérprete ni nadie anda festejando sus sobrias, cálidas y estilosas canciones por ahí. Sin embargo, sonaron y sonaron una y otra vez, en casa de mis padres: esos vinilos que traía mi hermana, y que deben de estar medio rayados en algún baúl o caja de cartón, tristes, polvorientos, junto a todos aquellos elepés que comprábamos devotos, en cuanto ahorrábamos algo, manteniendo casi la respiración. ¿Tendrán en el futuro una segunda vida? ¿Volveré a colocar la aguja del tocadiscos sobre alguno de aquellos maravillosos trastos de la era analógica, y que ya nos parecen casi del Pleistoceno?

Paseo

Paseo y no veo más que delirio, fugacidad y contingencia
y a una viejecita con el pelo canoso y los pies hinchados
y a un tío que sale a fumar
y a un chucho
y a tres guiris, uno con la camiseta del Barça
y al de la ferretería echando el cierre
y a tres palomas
y acacias a un lado y a otro
y a una chica con el móvil en la mano, mascando chicle
(la de antes también llevaba el móvil en la mano)
y a una pareja discutiendo
y a una mujer pequeña, rolliza, que sale del súper cargada con las compras
y a un autobús
y a hombre calvo, con traje, que corre hacia la parada
y a Eros
y a Tánatos
y a mucha gente (demasiada) que sabe a dónde va y que sabe de dónde viene.

Arte

Un estudio de la Universidad de Rutgers revela que no distinguimos ya las obras de arte generadas por ordenador, a partir de algoritmos, de las nacidas de la inspiración y la creatividad humanas. No solo eso, sino que nos molan más (¿nos provocan una experiencia estética más compleja o conmovedora?). En fin. No sé qué pensáis vosotros, pero yo me callo por ahora, que estoy lleno de bilis.

Insomnio

Algunas noches sufro de insomnio, como hoy. Son noches raras. Se han sucedido tantos hechos durante el día, me he tomado tantos cafés, se acumula tanto trabajo, las emociones han sido tan dispares y encontradas que luego no hay manera de conciliar el sueño. Está uno agotadísimo, pero con los sentidos alerta, el cerebro todavía activo y los nervios a flor de piel.
Normalmente, en noches así me levanto, me echo algo encima y me preparo una infusión. Tal vez abra un zumo, o una cerveza bien fresquita, puede que incluso me tome un whisky con hielo. Uno solo, no penséis mal. Luego me enciendo un cigarrito y miro mi casa, medio a oscuras, con una leve sensación de extrañeza. Bueno, he dicho mi casa, pero por supuesto no es mía. Estoy en ella de paso, pagando un alquiler astronómico. Pero no quiero pensar en ello. No quiero pensar en nada que tenga que ver conmigo directamente. Así que pillo el sofá y leo un rato. Ahora estoy con una pequeña biografía de Stendhal que escribió Stefan Zweig, un libro muy chulo. Pero hoy he dejado el libro sobre la mesa, he encendido el ordenador y me he puesto a escribir esto. Un poco para ejercitarme: me gusta trajinar con las palabras. Llevo un montón de años mimándolas, jugando con ellas, planteándoles preguntas. Son como cachorrillos. ¿Qué más puedo deciros? Hemos hecho muchas travesuras, hemos corrido mil aventuras juntos. Nunca sé si las llevo hacia algún sitio, o si son ellas las que me llevan a mí.