Panadera

¿Os he hablado alguna vez de la panadería que hay en mi calle? Es un lugar muy cuco donde trabaja una mujer menuda y vivaracha que debe rondar los cincuenta años. Esta venerable sirena subraya con voz cantarina sus más humildes y rutinarias acciones: “Y ahora lo cortamos”, dice mientras rebana el pan, “y ahora lo metemos en una bolsita”, dice mientras, en efecto, lo introduce en la bolsa de plástico. Verla canturrear tras el mostrador (dos crusancitos, tres crusancitos, cuatro crusancitos…) es como seguir los acordes de un mantra: cada uno de sus gestos adquiere un nosequé de celebratorio y toda ella parece bendecida en medio de la agitación. Hasta cuando da el cambio sigue unos compases precisos, cuenta las monedas cantándolas, se despide con una tonadilla feliz que improvisa allí mismo. Uno sale de la panadería como arropado por la música. En ese tralarí tralará cotidiano, en ese alegre acompañamiento melódico intuyo algo primordial, casi mítico, la necesidad de modular a través del canto las acciones humanas.
 

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Vivir sin gato

Lo hemos probado todo, creedme. Al final, no podíamos más que asumir el desenlace, darle nosotros un empujón y acabar con la vida de un animalillo deliciosamente candoroso, dulce y confiado hasta el extremo. Tomar la decisión ha sido difícil, mucho, pero la realidad, como siempre, ha terminado por imponerse: esperando el milagro, lo único que hacíamos era prolongar la agonía. Hasta el último minuto mantuvo el buen ánimo, ronroneaba a la primera caricia y nos perseguía, a trompicones, cabizbajo, sin fuerzas casi, en busca de lo que ya no podíamos darle. Se fue como vino: por sorpresa.
Quedan las cajas de antibióticos, corticoides y antipiréticos sobre el mármol de la cocina, el rascador junto al sofá, los ratones de colorines desperdigamos por el suelo. Nuestra perplejidad y alivio. La sensación de derrota.
Y pena, mucha pena.
Vivir sin gato es un error, obviamente, una inquietante anomalía. Que nadie se cuele bajo las sábanas por la noche o se abalance a husmear el plato de espaguetis hace que estos gestos simples pierdan bastante de su encanto. La casa se ha quedado pavorosamente vacía. Ya no está él durmiendo sobre la mesa, mientras escribo ahora, ni se levanta para seguir el movimiento de esta línea sobre la pantalla del ordenador. Toca vivir sin gato (otra vez). Es una manera tonta de vivir.

Spent the day in bed

La semana que viene sale a la luz el nuevo disco de Morrissey, el que fuera líder de The Smiths: Low in high-school, se titula, y de él solo se conoce el single de lanzamiento. Todavía me gusta ver qué diablos hacen mis ídolos de adolescencia (intuyo que algún día me cansaré), así que llevo toda la tarde trajinando de un lado para otro sin dejar de tararear la cancioncilla. Spent the day in bed tiene ese encanto pop inmaculado del mejor Morrissey, aunque sin el lirismo y la sinceridad atroz de la banda de Manchester. En su inicio parece una frívola e inocente invitación a la pereza, pero acaba (obviamente) como un rabioso alegato contra la alienación social generalizada.

Símbolos

No puedo con los símbolos (otra de mis manías). Reconozco el poder de atracción que ejercen y me asusta su capacidad para dar explicación a todo o justificar cualquier acto. Vivimos entre símbolos, simbolizamos hasta un dolor de garganta porque necesitamos emborrachamos de sentido. Cruces, banderas o marcas comerciales, símbolos religiosos, nacionales o de estatus: hay para todos los gustos. Catalunya está intervenida de facto por el gobierno de España pero un montón de gente salió a la calle el otro día a celebrar que se proclamó la República: que fuera una República puramente simbólica, vaciada de cualquier poder o reconocimiento, no pareció aguarles la fiesta. El símbolo es peligroso porque sustituye y se pone en lugar de la experiencia (fugaz, inmediata, siempre escurridiza), nubla nuestro sentido crítico y nos lanza al río de las generalizaciones, los significados altisonantes y las convenciones arbitrarias. Que yo sepa, aquí en nuestro planeta solo nosotros, los seres humanos, somos capaces de tales virguerías. Creo también que los símbolos nos vuelven más obsesivos y menos sutiles. ¿Conseguiré explicarme? Para mí es evidente que en todo símbolo hay violencia: violencia contra el mundo, contra las pequeñas cosas concretas. Es a la vez una simplificación de la complejidad y un proceso de la imaginación dirigido por aquellos que se arrogan el poder de encarnarla. Sin embargo, no quiero parecer un lunático: simbolizar tiene a veces sus cosas buenas. Si os parece, otro día os las cuento.

Estructura

Estrictamente hablando, no vengo de eso que los sociólogos llaman una familia desestructurada. Pero sí, vamos a ser justos, de una familia cuya una estructura no tenía pies ni cabeza. Aún no sé como aquel frágil andamiaje no se derrumbó, llevándonos a todos por delante. A veces pienso que cuando vine al mundo ya todo estaba derrumbado en mi familia, y que solo puedo hablar de las secuelas y efectos perversos de un cataclismo que no viví de primera mano. De los silencios, tristezas y miedos que venían de muy atrás, de las acusaciones y culpas mal repartidas. De las luchas, traumas y rencores que viciaban el ambiente hasta hacerlo irrespirable. Una dolorosa historia (una más) de exilio, humillación y estrecheces continuas.
Tal vez no pueda nunca desembarazarme de todo aquello, pero vivir no es echar cuentas. Con sus chifladuras y limitaciones, cada uno hizo en aquella situación lo que pudo: el daño nunca fue a posta. En cualquier caso, ha propiciado en mi interior cierto desbarajuste y una percepción de la realidad no sé si lúcida o distorsionada. Quizá me engañe a mí mismo, pero por muy felices que parezcan esos que andan por la calle, no puedo dejar de verlos cojos o mancos en algún aspecto esencial, infelices a su manera, supervivientes de una gran catástrofe.

Tener un blog, 6

El número de visitantes de este blog sigue estable, a pesar de todos mis esfuerzos por ofrecer contenidos útiles e información veraz y contrastada. ¡Es el momento de lanzar un nuevo concurso! A los que cliquéis y compartáis mis posts os enviaré personalmente un regalo y os tendré siempre en mi corazoncito. Además, tendréis la posibilidad de optar a uno de los siguientes premios:

El bosque de la noche de Djuna Barnes en versión noise funk

1000 horas gratuitas de porno gótico plateresco, con increíbles escenas de femdom renacentista

un kit con con las banderas de todas las naciones del mundo, para que podáis sentiros etíopes, japoneses o bielorrusos el tiempo que queráis. ¡Añade un toque chic a tu balcón!

para los más audaces, banderas con las naciones sin Estado y los países sin reconocimiento internacional (¡Tuvá, Jalistán, Saboya, Kurdistán, Chuvasia!)

un taller de capoeira heideggeriana, dirigido por el rector de la Facultad de Filosofía de la Universidad de São Paulo

una colección de minerales y piedras preciosas, firmadas por el propio autor.

Recordad que, como siempre, para poder optar a estos fabulosos premios tenéis que leerme con atención, comentar, compartir mis posts y, por supuesto, ser majísimas personas.

Calabozo

Pocos de vosotros sabréis que yo también, hace años, fui detenido. No recuerdo si fue por bostezar mientras todos a mi alrededor aplaudían o si fue por alabar a alguien a quien los demás tenían por objeto de burla. No importa ya. Pasé tres días en el calabozo, apenas me dieron de comer y el traje se me arrugó. Se me arrugó por todos lados, fue un atropello imperdonable al buen gusto. Recuerdo volver a casa de noche, hecho un guiñapo. Hacía frío y no quedaba un mísero bar abierto. Las pocas personas que encontré por la calle parecían despiertas solo a medias.

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Leer

Leer una novela, una buena novela, provoca en nuestro interior una mutación extraordinaria. Me acaba de pasar: he desaparecido (literalmente) entre esas voces absorbentes y veraces, he sido arrastrado por conmociones y sacudidas con la naturalidad de quien propiamente no es nadie.
Pues, ¿acaso hay otra manera de explicarlo? Esa voz obstinada, tenaz, que tan bien conozco, esa voz interior que creo que soy yo y que todo lo comenta y lo sopesa, ¿no acaba de revelar su pavorosa falta de sustancia? ¿Acaso existe más ella que las voces de esos personajes que ni siquiera llegaron existir?
He cerrado el libro, todavía asombrado, he regresado de golpe (he notado algo físico: volvía a hablarme a mí mismo, esa maldita e infatigable voz engullía de nuevo mi conciencia) pero ahora me siento confuso, también más ligero. Un poco, sí, como si gracias a una venerable magia (las palabras de otro han sido, durante un tiempo, las mías) hubiera quedado desenfocado, o a la intemperie.

Épica

De los géneros literarios mayores definidos por Aristóteles (Aristóteles, ya lo sabemos, fue un maníaco de la clasificación y la definición), hay uno para que el soy especialmente insensible. La lírica y la dramática pueden llegar a quitarme el sueño, pero la épica solo provoca en mí pereza y desconfianza. En cuanto pasa una mosca me distraigo, así que soy incapaz de mantenerme épico más de un minuto.
Vivimos tiempos líquidos y posmodernos, sin duda, de heroísmos sin lustre, pero aún hay espacio para la épica. Muchos en Catalunya ansían un nuevo Estado y se han lanzado a ello con ilusión, entusiasmo y una buena dosis de ingenuidad. Están hartos de la incomprensión y la ceguera del gobierno, un gobierno que repite por activa y por pasiva que no va ceder un milímetro. La derecha en nuestro país (es una constatación histórica) viene del absolutismo más rancio y carece de tradición liberal y democrática. Se cree impune. Dialoga cuando no tiene más remedio: está acostumbrada a vencer y a humillar.
Vivo en Barcelona. Estos días están siendo aquí muy convulsos (un helicóptero de la policía sobrevuela la ciudad a todas horas: no hacía falta, de veras). Soy por lo general poco sensible a los himnos, las banderas y a todo ese espíritu gregario que mueve a los indepes; de hecho, me erizo ante cualquier forma de autoafirmación (por desgracia, no hay manifestaciones masivas de gente reivindicando la duda y la perplejidad ante el mundo). Los que se sienten españoles han decidido que ya es hora y el domingo salen a desfilar por las calles (¿qué deben sentir unos y otros ante su bandera? No sé. Es una experiencia que me está vedada).
De todo lo que está pasando me agotan sobre todo los marcos mentales estrechos, cerriles, por donde no corre el aire, la incapacidad para los matices y la empatía, el prejuicio y el miedo convertidos en argumentación. He visto a unos pidiendo sin rubor que saquen ya los tanques (los conozco, son buenas personas: la tele les ha enloquecido). He visto a otros que creen que declarar la independencia el lunes sería algo así como la vuelta al Edén, la reparación de todas las injusticias (el hecho de que tras las últimas elecciones no cuenten con una mayoría de votos, y que el referéndum del 1 de Octubre fuera más una performance que otra cosa, no parece importarles). Ya que hay también mucho teatro en todo este asunto (¿o no? Parece que se les ha ido de las manos) echo en falta un poco de lirismo.
No estoy jugando a la equidistancia. Unos controlan todos los resortes del estado y otros no. Unos están pidiendo votar y otros lo impiden con violencia. Unos envían a sus guardias civiles a Sabadell y los otros no pueden enviar los Mossos a Zamora. Unos pueden aplicar el famoso artículo 155 y suspender la autonomía de Catalunya y otros no pueden suspender al gobierno central. Unos controlan tropecientos medios de comunicación y otros tres o cuatro. Unos cuentan con el apoyo de la comunidad internacional y otros, pese a sus esfuerzos, parecen más solos que la una. La batalla es desigual, pero (¿quién no lo ve?) ninguno de los dos bandos está jugando limpio. Solo quería decir esto: asusta un país que no sabe integrar a sus minorías ni dirimir sus conflictos con habilidad e inteligencia. Asusta un país que reacciona como Turquía y no como Canadá. Asusta un país gobernado desde la soberbia, la prepotencia y el desdén. Asusta un país incapaz de regenerarse y que, frente a los desafíos, en vez de dialogar agita todos los fantasmas del pasado y da rienda suelta a la mentira y la ignorancia.