Aire de familia

Los humanos no paramos de hacer cosas. Nos gusta más hacer cosas que a un tonto un lápiz. Las cosas que hacemos, por lo general, y aun siendo de índole muy diversa, tienen un aire de familia. Para empezar, suelen tener una intención, están motivadas por algo o van a la consecución de algo. Vienen acompañadas, además, de una suculenta verborrea, para que podamos entretenernos hasta el infinito en farragosas y a menudo inútiles discusiones. Esto se nos da de fábula. Aun estando gobernados más por el cálculo que por el impulso, más por el interés y el amor propio que por el candor y la benevolencia, nos vemos obligados, por convención o mera supervivencia, a hacer cosas que nos embrutecen o nos dejan descontentos. Reconocer esta circunstancia, bastante obvia, encuentra sin embargo reprobación unánime. Supongo que preferimos quedarnos con versiones menos gravosas para nosotros mismos. También nos encanta juzgar, medirnos los unos a los otros y evaluarnos en función de nuestros éxitos o reveses. Por si fuera poco, la conciencia, esto es, nuestra manía por registrar de manera escrupulosa unos hechos y relegar distraídamente otros, hace prácticamente imposible sacar algo en limpio de este berenjenal.

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