Leer

Leer una novela, una buena novela, provoca en nuestro interior una mutación extraordinaria. Me acaba de pasar: he desaparecido (literalmente) entre esas voces absorbentes y veraces, he sido arrastrado por conmociones y sacudidas con la naturalidad de quien propiamente no es nadie.
Pues, ¿acaso hay otra manera de explicarlo? Esa voz obstinada, tenaz, que tan bien conozco, esa voz interior que creo que soy yo y que todo lo comenta y lo sopesa, ¿no acaba de revelar su pavorosa falta de sustancia? ¿Acaso existe más ella que las voces de esos personajes que ni siquiera llegaron existir?
He cerrado el libro, todavía asombrado, he regresado de golpe (he notado algo físico: volvía a hablarme a mí mismo, esa maldita e infatigable voz engullía de nuevo mi conciencia) pero ahora me siento confuso, también más ligero. Un poco, sí, como si gracias a una venerable magia (las palabras de otro han sido, durante un tiempo, las mías) hubiera quedado desenfocado, o a la intemperie.

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