Símbolos

No puedo con los símbolos (otra de mis manías). Reconozco el poder de atracción que ejercen y me asusta su capacidad para dar explicación a todo o justificar cualquier acto. Vivimos entre símbolos, simbolizamos hasta un dolor de garganta porque necesitamos emborrachamos de sentido. Cruces, banderas o marcas comerciales, símbolos religiosos, nacionales o de estatus: hay para todos los gustos. Catalunya está intervenida de facto por el gobierno de España pero un montón de gente salió a la calle el otro día a celebrar que se proclamó la República: que fuera una República puramente simbólica, vaciada de cualquier poder o reconocimiento, no pareció aguarles la fiesta. El símbolo es peligroso porque sustituye y se pone en lugar de la experiencia (fugaz, inmediata, siempre escurridiza), nubla nuestro sentido crítico y nos lanza al río de las generalizaciones, los significados altisonantes y las convenciones arbitrarias. Que yo sepa, aquí en nuestro planeta solo nosotros, los seres humanos, somos capaces de tales virguerías. Creo también que los símbolos nos vuelven más obsesivos y menos sutiles. ¿Conseguiré explicarme? Para mí es evidente que en todo símbolo hay violencia: violencia contra el mundo, contra las pequeñas cosas concretas. Es a la vez una simplificación de la complejidad y un proceso de la imaginación dirigido por aquellos que se arrogan el poder de encarnarla. Sin embargo, no quiero parecer un lunático: simbolizar tiene a veces sus cosas buenas. Si os parece, otro día os las cuento.

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