Vivir sin gato

Lo hemos probado todo, creedme. Al final, no podíamos más que asumir el desenlace, darle nosotros un empujón y acabar con la vida de un animalillo deliciosamente candoroso, dulce y confiado hasta el extremo. Tomar la decisión ha sido difícil, mucho, pero la realidad, como siempre, ha terminado por imponerse: esperando el milagro, lo único que hacíamos era prolongar la agonía. Hasta el último minuto mantuvo el buen ánimo, ronroneaba a la primera caricia y nos perseguía, a trompicones, cabizbajo, sin fuerzas casi, en busca de lo que ya no podíamos darle. Se fue como vino: por sorpresa.
Quedan las cajas de antibióticos, corticoides y antipiréticos sobre el mármol de la cocina, el rascador junto al sofá, los ratones de colorines desperdigamos por el suelo. Nuestra perplejidad y alivio. La sensación de derrota.
Y pena, mucha pena.
Vivir sin gato es un error, obviamente, una inquietante anomalía. Que nadie se cuele bajo las sábanas por la noche o se abalance a husmear el plato de espaguetis hace que estos gestos simples pierdan bastante de su encanto. La casa se ha quedado pavorosamente vacía. Ya no está él durmiendo sobre la mesa, mientras escribo ahora, ni se levanta para seguir el movimiento de esta línea sobre la pantalla del ordenador. Toca vivir sin gato (otra vez). Es una manera tonta de vivir.

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