Panadera

¿Os he hablado alguna vez de la panadería que hay en mi calle? Es un lugar muy cuco donde trabaja una mujer menuda y vivaracha que debe rondar los cincuenta años. Esta venerable sirena subraya con voz cantarina sus más humildes y rutinarias acciones: “Y ahora lo cortamos”, dice mientras rebana el pan, “y ahora lo metemos en una bolsita”, dice mientras, en efecto, lo introduce en la bolsa de plástico. Verla canturrear tras el mostrador (dos crusancitos, tres crusancitos, cuatro crusancitos…) es como seguir los acordes de un mantra: cada uno de sus gestos adquiere un nosequé de celebratorio y toda ella parece bendecida en medio de la agitación. Hasta cuando da el cambio sigue unos compases precisos, cuenta las monedas cantándolas, se despide con una tonadilla feliz que improvisa allí mismo. Uno sale de la panadería como arropado por la música. En ese tralarí tralará cotidiano, en ese alegre acompañamiento melódico intuyo algo primordial, casi mítico, la necesidad de modular a través del canto las acciones humanas.
 

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